18 de octubre de 2008 - número: 872

Bárbaros en Roma

Firmas Por Félix Romeo.

 

ESCRITOR RECHAZADO. El libro está en todas las librerías de Roma, y en lugar destacado. Y resulta raro: como si un libro de la editorial Virus estuviera destacado en todas las librerías de Madrid. Se llama Tutta colpa di Tondelli (Kaos Edizioni) y está escrito por Nicola Pezzoli, que nació en 1967 y prácticamente no ha parado de escribir desde entonces, con poquísima suerte... como atestiguan las cartas de rechazo que incluye. Todas las editoriales italianas le han rechazado: Einaudi, Feltrinelli, minimum fax, Adelphi, Rizzoli...

Pezzoli tuvo una buena idea, aunque falla en la ejecución: contar su fracaso. Y eso, en parte, es Tutta colpa di Tondelli: con humor y mala leche habla de su relación con la «descubridora» de Susanna Tamaro, Laura Lepri, y, sobre todo, de su ingreso en la «secta» de Massimo Canalini. Canalini, gurú de Transeuropa, lanzó a muchos narradores de los 90, como Giusseppe Culicchia o Enrico Brizzi, de la mano de Pier Vittorio Tondelli (1955-1991), de quien Barataria ha publicado recientemente Habitaciones separadas.

Pezzoli cuenta cómo querían crear «mafia literaria»: «Este comando de jóvenes escritores, bajo la dirección de Canalini, daría cuerpo a infinitos proyectos: nosotros prepararíamos antologías de jóvenes, daríamos cursos de escritura creativa, crearíamos premios literarios (financiados por las instituciones), y una hermosa revista de crítica mafiosa donde crucificar las novelas enemigas».

LA FAMA CUESTA. Mientras escribo de Pezzoli me llega Secuelas de una larguísima nota de rechazo (Nórdica), de Bukowski. Es tan breve que paro para leerlo: Hank, nervioso, cree que el único editor que muestra interés por sus escritos se ha presentado por sorpresa en la pensión en la que malvive.

Bukowski cuenta cómo eran las cartas que solía recibir: «Lo sentimos, pero no tiene la suficiente calidad, o, lo sentimos, pero no se ajusta exactamente a nuestra línea editorial».

Las cartas a Pezzoli son muy, muy parecidas.

OFICINA DE CULTURA. Officina Einaudi (Einaudi) recoge las cartas que Cesare Pavese (1908-1950) escribió como editor del sello turinés, en tiempos poco propicios para el libro: Mussolini, guerra mundial y civil, posguerra... Me lo compro nada más verlo. Me fascina esa etapa de Einaudi, y las relaciones entre sus editores, Natalia Ginzburg, Elio Vittorini e Italo Calvino (de quien ya se habían publicado sus estupendos informes editoriales, Los libros de los otros; Tusquets).

Pavese, ahora reeditado por Lumen, se tomaba muy en serio su trabajo y pensaba que Einaudi no era un negocio sino una «oficina de cultura», como la describe en una carta.

Los textos de Pavese no son tan interesantes como los de Calvino, pero abundan los juicios literarios, que suelen ser contundentes.

Del Ulises de Joyce, escribe: «Nunca he conseguido acabarlo y encarna para mí la quintaesencia de lo insoportable». (Por cierto, Calvino también detestaba el Ulises... y a Faulkner.)

De Lorca, escribe: «Cuanto conozco de Poeta en Nueva York es incomprensible».

Giulio Einaudi no estuvo de acuerdo con Pavese y dejó escrito que «de García Lorca se habla mucho y puede ser un éxito editorial aunque no se entienda».

REALIDAD PARALELA. Marco Alloni ha inventado una colección en la que sólo publica él, ADV: pequeños volúmenes de entrevistas con escritores. Me compro los tres que encuentro, recién aparecidos: La vita non è innocente, con Claudio Magris; Amo inventare storie, con Tahar Ben Jelloun, y Una realtà parallela, con Antonio Tabucchi.

Tabucchi cree que el momento editorial italiano es bueno, porque el perfil literario se mantiene en muchas editoriales, y también cree que el estilo Einaudi ha caducado.

Habla del odio italiano a los intelectuales y recuerda la definición que hizo Togliatti, líder comunista italiano, cuando Vittorini abandonó el PC: «Piojos en la crin del caballo».

TABACO. Adelia Battista ha escrito Ortese segreta (minimum fax), un «retrato íntimo» de Anna Maria Ortese (1914-1998), que despierta más interés a los diez años de su muerte que cuando vivía (y nadie quería reeditar sus libros).

Destrozada y envejecida prematuramente por una ruptura sentimental y por las desatenciones editoriales, vivió casi siempre con su hermana; y cuando su hermana murió, fue «cuidada» por su hermano, un bárbaro brutal, que la maltrataba y que no dudó en tirar sus papeles a la basura.

Me gusta mucho el viaje de Adelia Battista a Rapallo, donde vivió la Ortese sus últimos años. Recorre los lugares que frecuentaba. El estanquero describe así a la autora de El mar no baña Nápoles (Minúscula): «Compraba Nazionali sin filtro. Tabaco fuerte, pero bueno. Cigarrillos baratos. Era una mujer esquiva, de pocas palabras, incluso desagradable».

En una carta, Anna Maria Ortese escribe que ha vivido «en una increíble confusión (de todo: trabajo y atención) que ha dominado y todavía domina mi vida desde hace unos años; quizá desde siempre».